Hoy desperté con una sensación extraña, de esas que no se disuelven con el paso de las horas. El sueño seguía ahí, intacto, pesado. No era uno cualquiera. Involucraba a mi familia… y eso lo hacía aún más inquietante.
Estoy dentro de la casa de mi madre, pero no en la actual, sino en una de un barrio anterior, como si la memoria hubiese decidido retroceder. Ella acaba de preparar comida y la deja sobre el mesón de la cocina. Todo es normal. Todo es tranquilo. Demasiado.
De pronto, la calma se rompe.
Un hombre joven entra a la casa. Está sin camisa. No dice una palabra. No mira a nadie. Simplemente toma la comida y se dirige hacia la puerta del patio, como si nada tuviera importancia. Como si no existiéramos.
Lo sigo.
Lo confronto.
La rabia aparece sin aviso. Un golpe certero en el cuello lo derriba. No pienso. No dudo. Le giro el cuello con violencia y muere al instante. El silencio vuelve, pero ya no es el mismo. Es un silencio espeso, cargado.
Al recuperar el aliento, algo me inquieta más que el cuerpo inmóvil: un vecino tiene cámaras de seguridad apuntando hacia la calle. Es casi seguro que todo quedó registrado.
Regreso a la casa.
En la sala está mi padre. Acaba de bañarse, aún se seca el cabello con la toalla. Lo miro y se lo digo sin rodeos, sin emoción:
—Acabo de matar a un hombre que entró a robar.
Asiente con la cabeza y responde con naturalidad:
—Qué bueno.
Intento seguir, pero lo interrumpo. Le digo que el vecino pudo haber grabado todo con su cámara. Mi padre no se altera. No cambia el tono. Solo dice:
—No te preocupes. Yo lo arreglo.
Salimos hacia el patio. Afuera hay gente. Vecinos. Curiosos. Observan el cuerpo tendido en el suelo, inmóvil, como si fuera parte del paisaje.
Mi padre se separa del grupo y camina hacia la casa del vecino. Entra. Va a hablar con él. A convencerlo de que no diga una sola palabra.
Ahí termina el sueño.
No hubo sirenas.
No hubo culpa.
Solo la certeza inquietante de que, incluso en las pesadillas, el silencio también puede ser heredado.